Un país como Colombia exige una tarea casi demencial en lo que implica “pensar” su historia; sobre todo, porque quienes realmente se han dedicado a hacer esta tarea, han tenido que elegir darle voz por lo menos a uno de los sectores que nunca la han tenido. Por esta razón, la pregunta ¿Por qué una lectura estético-política de las narrativas de la violencia?, adquiere sentido en tres trazos que son parte de un mapa cuya noción de territorio le sigue siendo esquiva. El primer trazo es la pregunta permanente por el tipo de voz que adquiere “nuestra” historia como colombianos, y esta tarea que se plantea en la obra de R. Bermúdez exige no sólo un reto moral como seres humanos, sino una exigente labor ética como académicos. En este sentido una extensión de la vida hecha palabra, como lo es el testimonio, tendría que volverse más bien un ejercicio estético de transferencia, que una herramienta para llenar la sección de anexos de las investigaciones cualitativas. El segundo trazo resulta de una necesaria e incansable labor critica sobre esa esfera de las emociones políticas, en donde, por ejemplo, la autonomía, la libertad, el respeto y todos aquellos “valores” tan importantes en la vida humana, simplemente adquieren otras formas de darse en seres olvidados en cuerpo y espíritu y otras formas de sujeción que tienen como fondo solo unas trochas. El tercer trazo, quizá es el que más suscita mi admiración y curiosidad -y por ello invito al lector a la visión juiciosa- es el que se inscribe en el cuerpo que, apelando a la bella dedicatoria del autor, emerge en las
figuraciones de la ausencia. El cuerpo que reclama un nombre, que busca su nacimiento; que de forma extraña se resiste como memoria y como aquello de lo que “otros hablan” comienza a aparecer y a emerger en una “trágica” y “dramática” dimensión; sin duda una dimensión estética que, por ello, no puede ser, sino poética.
Por: Maria Cristina Sánchez León
Tamaño: Formato: Digital e Impreso Paginas: 146
Año: 2026 ISBN: 978-628-7864-59-7 Valor: Descarga Gratuita

